La música, la danza y otras actividades artísticas pueden apoyar el bienestar y ciertos tratamientos. Investigadores piden evaluar mejor cuándo funcionan.

Una publicación de The Lancet de 2026 examina cómo las actividades artísticas pueden apoyar el bienestar y ciertos resultados clínicos. No es un ensayo nuevo. El análisis reconoce beneficios en contextos específicos, pero reclama mejores estudios, evaluaciones económicas y evidencias en países menos investigados antes de ampliar los programas sanitarios.
El vínculo entre arte y salud gana espacio en la medicina. Un equipo internacional encabezado por Nisha Sajnani, de la Universidad de Nueva York, publicó un análisis en The Lancet en septiembre de 2026.
Los autores examinan investigaciones sobre música, danza, pintura y teatro. Su mensaje no es que el arte cure enfermedades, sino que merece más atención en la investigación sanitaria.
El artículo, The arts as a global health resource: key priorities for future research, es un texto de perspectiva científica. No presenta un nuevo ensayo clínico ni una cifra única de eficacia.
¿Qué revela la investigación sobre arte y salud?
La evidencia sugiere que algunas actividades artísticas favorecen el bienestar emocional, la conexión social y determinados resultados físicos. Los efectos dependen de la actividad, la población y su aplicación.
Un antecedente es la revisión que Daisy Fancourt y Saoirse Finn elaboraron para la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2019.
El informe examinó más de 900 publicaciones, incluidas más de 200 revisiones que abarcaban más de 3.000 estudios. También consideró centenares de investigaciones individuales.
La OMS encontró evidencia sobre promoción de la salud, prevención y apoyo al manejo de enfermedades. Sin embargo, los trabajos tenían diseños y niveles de calidad diferentes.
Por ejemplo, investigaciones sobre música en hospitales describen reducciones de ansiedad durante determinados procedimientos. Eso no significa que pueda reemplazar la analgesia ni la atención profesional.
En personas con enfermedad de Parkinson, algunas intervenciones de danza muestran mejoras del equilibrio. Otros indicadores motores presentan resultados inconsistentes, advierte el análisis de The Lancet.
La participación cultural también se ha relacionado con menor soledad y mayor conexión social. Pero una asociación no demuestra que asistir a un concierto prevenga enfermedades.
Entre los mecanismos propuestos figuran cambios emocionales, fisiológicos y sociales. No todos cuentan con igual respaldo científico.
Además, escuchar música por placer no equivale a recibir musicoterapia diseñada para objetivos clínicos y supervisada por personal capacitado. Esa diferencia modifica qué resultados cabe esperar.
¿Por qué todavía faltan respuestas científicas?

Sajnani y sus colaboradores señalan cuatro prioridades: proteger a los participantes, mejorar el rigor y la evaluación económica, combinar métodos de investigación y corregir desigualdades geográficas.
Algunos estudios reúnen pocos participantes, duran poco tiempo o no comparan adecuadamente las intervenciones. Por eso, resulta difícil determinar si los beneficios persisten.
También falta comparar las actividades artísticas con otras estrategias. Medir costos y resultados ayudaría a decidir dónde invertir recursos sanitarios.
Los autores proponen integrar ensayos clínicos, entrevistas y observaciones. Así podrían medir cambios concretos sin perder de vista la experiencia de las personas.
Otro artículo de The Lancet, encabezado por Daisy Fancourt, plantea una hoja de ruta para la práctica. Propone conectar programas comunitarios con servicios sanitarios y ampliar el acceso cultural.
Entre las opciones figuran talleres en hospitales, actividades comunitarias y terapias creativas para necesidades específicas. Cada intervención requiere personal competente y evaluación de sus resultados.
No todo taller artístico debe considerarse un tratamiento. Las actividades tampoco benefician automáticamente a todos: pueden generar malestar, exclusión o lesiones en determinadas circunstancias.
La investigación sobre arte y salud presenta una brecha internacional. Muchos trabajos proceden de países de ingresos altos, mientras que otras regiones cuentan con menos estudios de gran escala.
En América Latina, los resultados deben interpretarse según las prácticas culturales y los recursos locales. Aplicar programas extranjeros sin adaptación podría limitar su utilidad.
La publicación menciona ensayos en marcha en Argentina y Colombia, pero no aporta resultados específicos de Ecuador. No permite afirmar que esos efectos estén demostrados en población ecuatoriana.
El neurocientífico Agustín Ibáñez, vinculado a la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, participa en ambos artículos y aporta una perspectiva regional.
La pregunta no es solo si el arte puede acompañar la salud. También es qué actividades ayudan, a quiénes, bajo qué condiciones y con qué recursos.
Convertir ese potencial en políticas responsables exige mejores pruebas, acceso equitativo y respeto por la diversidad cultural. El arte puede complementar la atención sanitaria, no sustituirla.
¿El arte puede mejorar la salud mental?
Algunas investigaciones encuentran beneficios en ansiedad, bienestar emocional y conexión social. La magnitud y certeza de los efectos dependen del tipo de actividad y las personas participantes.
¿La música y la danza pueden utilizarse en tratamientos médicos?
Sí, determinadas intervenciones se utilizan como apoyo en contextos clínicos. Su eficacia debe evaluarse para cada condición y no reemplazan los tratamientos médicos indicados.
¿The Lancet realizó un experimento con pacientes?
No. El artículo de Sajnani y colaboradores analiza evidencia previa y propone prioridades científicas. No reclutó una muestra nueva de pacientes para comprobar una intervención.
F: The Lancet
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